Rosalía mantiene su originalidad en medio de reggaetones y experimentaciones

Cuando decidió cambiar la fusión de pop con flamenco que la dio a conocer internacionalmente por un estilo mucho más orientado hacia el reggaetón, Rosalía asumió riesgos que le trajeron tanto resultados positivos -en el plano comercial y en lo que se refiere a varios sectores la crítica- como negativos -de parte de quienes consideraron que se había subido al coche de la moda sin necesitarlo-.

Las alteraciones se dieron de un álbum al otro, es decir, de “El mal querer” (2018) a “Motomami” (2022), y más allá del natural receso provocado por la pandemia, coincidieron con una expansión de su fama que, en lo que respecta al lugar desde el que escribimos, le ha permitido pasar del Mayan Theatre donde se presentó durante abril del 2019 (con capacidad para 1,700 personas) a tener dos fechas en el YouTube Theater (con capacidad para 6 mil), más precisamente, la que se llevó a cabo ayer y la que se desarrollará esta noche.

En ese sentido, la catalana no es tan famosa como Bad Bunny, quien, hace una semana, llenó dos veces el inmenso SoFi Stadium, en el que caben 70 mil individuos. Pero compararla con el artista más popular del mundo no es necesariamente justo, sobre todo porque, a pesar de sus esfuerzos cada vez más evidentes por destacar dentro de la industria comercial, Rosalía toma constantemente riesgos al experimentar con todos los géneros a los que apela, lo que la coloca en una posición menos accesible y complaciente que muchos de sus colegas encumbrados.

Como era de esperarse, lo que se vio y escuchó en el YouTube Theater fue sumamente distinto a lo que se apreció en el Mayan, sobre todo porque estuvo centrado no solo en las canciones de “Motomami” -la gira se llama “Motomami World Tour”-, sino también en los sencillos que la española ha venido lanzando desde el 2019 y que mostraban ya una clara inclinación hacia el reggaetón (aunque algunos de ellos llegaron a sonar en el Mayan).

En ese sentido, la vibra de ahora fue muy diferente: no logramos ver por ningún lado a los instrumentistas en vivo de aquella ocasión, el sonido en general fue mucho más procesado y, en lugar de rodearse de bailarinas, la protagonista de la velada empleó a un equipo de danza completamente masculino (con el cuidado que merece el término y con el añadido de que todos ellos -algunos con notables dotes acrobáticas- lucían aspectos intencionalmente andróginos).

Fuente de inspiración

Rosalía, que apareció ante nosotros luciendo una minifalda negra, unas botas largas de piel y un ‘biker top’ verde con hombreras, se encontraba también consciente del ascenso que ha tenido su carrera y de la importancia de nuestro condado en dicha evolución. “Esta es la ciudad que le dio nombre a mi primer disco [‘Los Ángeles’, del 2017], y fue como poner en el aire lo que iba a venir, porque antes de eso, no había estado por aquí”, dijo ella, casi al inicio del concierto. “Desde entonces, siempre me hace mucha ilusión [presentarme en este lugar del mundo]”. Fue una de las pocas intervenciones que ofreció en nuestro idioma, porque casi todo lo demás que expresó estuvo en inglés (lo que, en cierto momento, provocó que alguien gritara: “¡Habla español!”).

El disco inaugural, que es el más puro en términos de flamenco que ha hecho -y que ha sido poco difundido fuera de España- no quedó totalmente relegado, porque pudimos escuchar al menos uno de sus temas, el excelente “La plata”; y si se trata de creaciones influidas todavía de manera directa por el mismo género tradicional, se incluyó también en el repertorio “Malamente”, el ‘hit’ mayor del álbum “El mal querer”.

Por otro lado, si queremos destacar un momento en el que la extraordinaria voz de Rosalía se exhibió en todo su esplendor, tenemos que irnos casi hasta el final del show, cuando interpretó con maestría y pasión “Sakura”, la excelente balada que cierra la versión oficial del disco “Motomami” (que, como podrán ver, no está conformado únicamente por reggaetones). En este caso, además, el piano -que es el único instrumento que acompaña la interpretación de la muchacha- sí fue tocado en vivo.

Mucho más temprano, la misma cantante, que es también una esforzada bailarina, interpretó “La fama”, una pieza del mismo trabajo que fue grabada al lado de The Weeknd y que, en términos prácticos, es una bachata alternativa, lo que prueba nuevamente que la citada placa no está totalmente entregada al ‘denbow’, como lo prueba igualmente “Delirio de grandeza” -también presente en la noche-, un ‘cover’ del bolero escrito por el legendario compositor cubano Justo Betancourt que mantuvo sus bases originales en medio de los agregados electrónicos que se le impusieron.

Spanish singer-songwriter Rosalia performs

Otra imagen del concierto.

(Raul Roa/Los Angeles Times)

Sin falta de ‘perreo’

Nadie le hizo ascos al género oriundo de la Isla del Encanto, por supuesto. Este alcanzó su momento más alto gracias a un popurrí en el que se infiltró hasta la “Gasolina” de Daddy Yankee -con varios fans subidos al escenario-, pero se hizo presente desde el inicio del espectáculo con piezas propias como “Saoko”, “Candy”, “Linda”, “La noche de anoche”, “Diablo”, “La combi Versace”, “Con altura” y “Chicken Teriyaki”, entre otras.

Si revisamos cada una de ellas, encontraremos arreglos interesantes, sonidos novedosos y velocidades distintas que les otorgan un aire distintivo, aunque, al escucharlas, no pudimos dejar de sentir que no cuentan con el ‘groove’ o con las entonaciones tropicales adecuadas como para lograr que la audiencia se ponga a bailar de manera inmediata.

En ese sentido, la canción reciente que más nos gusta es “Despechá”, un sencillo que, curiosamente, no aparece en el álbum “Motomami”, pero cuya mezcla de sensualidad y de sabor (se guía principalmente por el merengue) resulta particularmente pegajosa. Su interpretación en el auditorio de Inglewood llamó particularmente la atención debido a la sorpresiva aparición en la tarima de Rauw Alejandro, el novio ya oficial de Rosalía, quien no entonó nota alguna, pero se puso a bailar luego de abrazar y besar a su amada.

Spanish singer-songwriter Rosalia

La cantante tuvo a su lado a varios bailarines.

(Raul Roa/Los Angeles Times)

Sea como sea, hay algo inherentemente apasionante en lo que hace Rosalía, una intérprete y compositora que, por lo que muestra, parece estar completamente decidida a incorporarse a las grandes ligas del pop mundial, porque mucho de lo que hace actualmente -incluyendo sus numerosos coqueteos con el R&B contemporáneo- apunta directamente a los gustos masivos.

Pero, por otro lado, la guapísima cantante, que se encuentra lidiando con las consecuencias de la popularidad extrema (sus letras lo dicen), muestra sobre el escenario actitudes que la alejan de esa imagen de ‘diva’ que podría pensarse que persigue: por ejemplo, en el YouTube Theater, no hizo ningún cambio de vestuario -y se quitó incluso en cierto momento el maquillaje con una toalla-; ofreció una puesta en escena casi completamente desprovista de arreglos y escenografías; rechazó la idea de contar con invitados especiales; y, claro está, se las ingenió para mantenerse original a través de unas mezclas musicales insólitas que vinieron además acompañadas por unas letras de carácter profundamente personal cuya comprensión no resulta siempre fácil debido al empleo de términos curiosos y a su propia dicción, pero que no dejan nunca de llamar la atención.

En todo caso, lo que sí le interesa a la ganadora del Grammy es mantenerse conectada con sus oyentes más jóvenes a través de estrategias claramente dirigidas a ellos, como lo fue el empleo de una cámara particularmente activa que hacía constantemente ‘close ups’ de su rostro y de los movimientos de sus bailarines, tratando de simular los encuadres que se efectúan normalmente con los celulares. Fue un detalle único, pero también una idea cuya realización no resultó de todo afortunada, porque el camarógrafo a cargo se encontraba muchas veces encima de ella, lo que obstaculizaba la visibilidad por parte de la audiencia.

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