Con cuatro exposiciones en Los Ángeles, Enrique Martínez Celaya despliega la amplitud de su abanico artístico

Cuando el artista Enrique Martínez Celaya tenía 9 años y vivía con su familia en un almacén de Madrid, un prestamista llamó a la puerta. Su padre no estaba, su madre lloraba.

“Hinché pecho, le abrí la puerta a este tipo y lo enfrenté”, recuerda entre risas. “Imagina lo que ese hombre vio frente a él, solo un niño pequeño tratando de ser duro. Cuando el tipo se fue, sentí que le había mostrado algo”.

La familia se había mudado a España desde Cuba unos años antes, en 1972, a raíz de la revolución. El exilio tanto de su país de origen como de un estilo de vida antes cómodo registró en el joven Martínez Celaya un profundo sentido de diferencia, un extrañamiento que enmascaró con bravuconería. Lo que funcionó ese día con el cobrador lo llevó, explica, a peleas frecuentes a lo largo de su juventud. “Andar con cierto orgullo o porte, la sensación de que nadie me va a hacer ceder tenía que ver con no mostrar la fragilidad, la vulnerabilidad y el miedo, así como la calidad caótica de tantas cosas en mi vida como inmigrante, viviendo en estas circunstancias”, indica. “Era un escudo”.

Martínez Celaya pasó su adolescencia en Puerto Rico, leyendo a filósofos alemanes y cultivando una vida intelectual que además le sirvió como una forma de protección para que no se dejara ver su verdadera agitación interna. Llegó a Estados Unidos para estudiar ciencias, y no fue hasta las últimas etapas de su investigación doctoral en física que se dedicó por completo al arte, por el que había mostrado un gran interés desde la infancia.

Ahora de 57 años y radicado desde hace mucho tiempo en Los Ángeles, Martínez Celaya trabaja en todos los medios (pintura, escultura, fotografía, escritura) impulsado por preguntas sobre su lugar en el mundo, el papel de la memoria como material formativo de la identidad, la noción del hogar como un elemento esquivo, santuario y más. A menudo sitúa una sola figura, generalmente un niño, dentro de un vasto paisaje helado o junto al mar turbulento. Él recrea escenas de intimidad emocional, resonantes con la pérdida y el anhelo, frecuentemente en una escala tan grande que los espectadores quedan inmersos.

A table with four paint cans covered in paint in front of two paintings

Grandes lienzos destinados para “La rosaleda”, la exposición en la UTA, cubrían las paredes del estudio de Enrique Martínez Celaya.

(Dania Maxwell / Los Angeles Times)

Además de un impresionante historial de exposiciones internacionales, Martínez Celaya también ha acumulado una amplia gama de honores y proyectos que reflejan la integración práctica de todos sus campos de interés, la verdad subyacente de que todos son un solo campo. Ha sido invitado en “Sobre el ser”, el programa de radio público “sobre las grandes cuestiones del sentido”. Ha colaborado con la Filarmónica de Berlín y con los Cowboy Junkies. Profesor rector de humanidades y artes en la USC (el primero en ocupar ese puesto), enseña en las disciplinas del arte, la filosofía, así como la literatura, y este semestre dirige un seminario sobre la corriente de Western Sublime. El puesto es similar al que ocupó anteriormente en Dartmouth, como Académico Visitante Distinguido de Roth.

Es el primer artista en ser nombrado miembro de artes visuales en la Biblioteca, el Museo de Arte y los Jardines Botánicos Huntington. La estantería de libros que presentan su arte y sus escritos contiene más de dos docenas de títulos y se amplía anualmente. En 1998, lanzó su propio sello, Whale & Star, para publicar libros de poesía, teoría crítica y arte, y para proporcionar un vehículo para programas educativos y de divulgación. Martínez Celaya también está completando las ediciones finales de su primera novela.

Esta temporada presenta una rara oportunidad para que aquellos en el sur de California se sumerjan en el trabajo y el pensamiento del artista. El Museo de Arte Fisher de la USC inauguró recientemente su muestra “SEA SKY LAND: towards a map of everything”, un conjunto temático de unas 30 pinturas y esculturas realizadas desde 2005. Hasta el 9 de abril, la muestra presenta lienzos monumentales, así como una suite de delicados estudios en páginas de Braille y partituras, un bote alquitranado y emplumado, maletas apiladas en una silla quemada y más. La instalación sirve, explica, como “un manual básico” para comprender su enfoque y las líneas clave de investigación.

Una segunda muestra en la USC, que se inauguró a principios de este mes en la Biblioteca Conmemorativa Edward L. Doheny Jr., presenta escritos, pinturas pequeñas, objetos encontrados y un video que ilumina las intersecciones entre las preocupaciones de Martínez Celaya, junto con la vida y la poesía de Robinson Jeffers. Una versión ampliada de la muestra (que también cierra el 9 de abril) viajará al Museo de Arte de Monterey en mayo.

Una instalación encargada por Huntington se inauguró el otoño pasado y continúa al menos hasta 2022. Durante la semana Frieze, UTA Artist Space en Beverly Hills inauguró “The Rose Garden”, una muestra de nuevas pinturas y esculturas (hasta el 12 de marzo) que Martínez Celaya considera su trabajo más personal, el punto final actual de un arco que lo tiene poniendo cada vez más en su trabajo “más reconocimiento de mí mismo”.

En una tarde de mediados de enero, una docena de grandes lienzos destinados a la exposición de la UTA se alineaban en las paredes de su nuevo estudio de pintura. Las otras habitaciones del amplio y hermoso espacio del distrito de Crenshaw todavía estaban en renovación, al igual que las pinturas, que representaban, entre otras cosas, un torero herido, un niño alimentando cisnes, una luna de sangre flotando dentro de un palacio y un caballo luchando por liberarse del lodo, permanecen sujetas a cambios. Martínez Celaya pinta en capas delgadas, a menudo limpiando o cubriendo lo que ya ha definido, dotando a las superficies de sus propias historias ocultas.

Muy por encima de las pinturas, cerca de las vigas, se lee el credo ético que el artista ha pintado en la pared de cada uno de sus espacios de trabajo durante décadas: Mantenga sus acciones fieles.

“Las palabras son la mayor influencia para mí”, comenta. El referente de su obra más reciente, el texto que ahora le habla con más urgencia, es el poema largo y desgarrador de T.S. Eliot, “Cuatro cuartetos”.

“Cuando no lo estoy leyendo, lo estoy escuchando, leído por Jeremy Irons, y siento que ese es el éter a través del cual sucede todo lo que estoy haciendo”, detalla. “No hay ninguna referencia a Eliot en ninguna de las imágenes, pero Eliot ofrece una oración filosófica sobre las fuerzas que creo que están en juego.

“El centro de este cuerpo de trabajo es la preocupación por el tiempo, la circularidad del tiempo y la batalla entre el anhelo, así como la realidad del presente”, agrega. “Una de las razones por las que ‘Cuatro Cuartetos’ realmente me impacta en este momento es la sensación de envejecimiento que está tan presente en él. Lo he estado sintiendo, y la fugacidad de la vida, lo rápido que pasa”.

Las nuevas pinturas y esculturas van acompañadas de un autorretrato fotográfico que muestra al artista vestido únicamente con flores que ha pintado en su propio cuerpo. Partes del texto de Eliot están escritas en una vitrina alta de vidrio que contiene rosas esculpidas en medio de tallos espinosos. La figura carbonizada de un niño se sienta en contemplación ante una gran pintura de una luna de sangre flotando dentro de un palacio inundado. Toda la presentación es intencionalmente teatral, mientras que aún se caracteriza por una fuente de emoción privada.

“Estará dentro de un poema”, dice Martínez Celaya. “No solo el poema de Eliot, sino mi propio poema”.

A man stands in a gallery next to a staircase on wheels

Las pinturas de Enrique Martínez Celaya a menudo sitúan a una sola figura, generalmente un niño, dentro de un vasto paisaje o junto al mar turbulento.

(Dania Maxwell / Los Angeles Times)

La instalación del artista en el Huntington incorpora directamente las palabras de Eliot y establece una conexión entre el viaje interior al que alude el poeta (“un peregrinaje de rodillas”, como señala Martínez Celaya) y la migración en un sentido más amplio. Fue uno de los dos artistas (el otro es Sandy Rodríguez) encargados de contribuir con el trabajo de “Borderlands”, una reinstalación temática y recontextualización de parte de la colección de arte estadounidense de Huntington. Dennis Carr, la curadora general de Arte Estadounidense de Virginia Steele Scott, le pidió a Martínez Celaya que volviera a imaginar la larga logia con frente de vidrio de las Galerías Virginia Steele Scott, introduciendo algo de dinamismo en un espacio que se sentía estático.

“Enrique lo ha hecho de manera brillante pintando directamente sobre el vidrio de la logia, literalmente convirtiendo la piel del edificio en un plano transparente a través del cual los visitantes pueden ver los espacios del jardín y los paisajes de Huntington”, puntualiza. Cuando entra la luz del sol, añade Carr, la luminosidad recuerda a las vidrieras.

Las aves han sido un elemento recurrente en el trabajo de Martínez Celaya, y aquí ha pintado una variedad de ellas con trazos audaces, sencillos, así como tonos de gemas en la fachada de vidrio, del piso al techo. Las flechas verdes sinuosas indican las rutas migratorias de las aves, que trascienden las fronteras geográficas, señala Carr, y las líneas rojas serpenteantes representan el sistema de autopistas del área de Los Ángeles. Un fragmento del texto de Eliot, también pintado en el vidrio, corre a lo largo de la logia, comenzando cerca de la entrada con las palabras: “Todo tiempo es irredimible. Lo que pudo haber sido y lo que ha sido apuntan a un fin, que siempre está presente”.

La instalación, titulada “There-bound”, también incluye dos pájaros de gran tamaño, esculpidos en espuma de alta densidad y revestidos en un concreto liviano y resistente. Descansan de lado, directamente en el suelo, sus pechos regordetes sirven como bancos, sus únicas alas levantadas como respaldos envolventes. Posarse sobre las formas, estar parcialmente anidado por ellas, es participar de una agradable inversión.

La vista desde los bancos, a través de los robles nativos de la costa hasta las montañas de San Gabriel, evoca una sensación de la larga historia de la tierra, sus administradores y sus usos cambiantes, menciona Carr.

“Todo eso fue lo que hablamos con Enrique, y él lo llevó a un nivel metafísico, a pensar cómo lo impactó Borderlands como artista y como persona. Él ejemplifica la naturaleza peripatética de la vida en los siglos XX y XXI que esperábamos sacar a relucir en el programa”.

A través de las ventanas pintadas, los visitantes también pueden ver “The Gambler” (2010), una escultura de bronce de tamaño natural de Martínez Celaya que fue adquirida recientemente por los Huntington. La figura de un hombre joven (inspirado en el hijo del artista) está de pie, apoyado en un par de muletas, encorvado por el peso de una casa atada a la parte superior de su espalda. Otra de las almas solitarias del artista, comprometida y en movimiento, suscita las preguntas: ¿Cuánto de la identidad depende de la locación? ¿El concepto de hogar es externo a nosotros o interno?

Si bien los pájaros y otras figuras han servido como representantes en la autobiografía visual en curso de Martínez Celaya, en “La furia”, la pintura solitaria que cuelga en el otro extremo de la logia aparece abiertamente como él mismo, con su ropa de pintura, observando con cansada intensidad al espectador. Una lechuza sobre su hombro agarra con sus garras una masa indeterminada de color rojo sangre, algo que claramente pertenece al interior en lugar de colgar, expuesto.

“La furia” te obliga a salir del territorio seguro en el que normalmente te encuentras cuando miras un retrato, comenta Martínez Celaya. “El búho te ve de la misma manera que la figura te observa: Estás implicado. Allí ha ocurrido alguna transgresión que es irreparable, y tú eres quien está viendo cómo sucede. Tú eres el testigo”.

“Rara vez en su trabajo obtienes una visión tan profundamente personal de su psique”, agrega Carr. “Es una pintura difícil”.

Las obras del Museo Fisher también abundan en referencias específicas a la vida de Martínez Celaya, pero las imágenes se leen más como metáforas vívidas que como recuerdos transcritos. Dos figuras cerca del final de un muelle en una gran pintura apenas se materializan; el tiempo y la distancia los han convertido en ficciones. En otro lienzo, una cabaña flota en un mar enrojecido por el sol, el agua se duplica como sangre vital. Un cálido resplandor amarillo desde el interior promete refugio, seguridad, aunque sea inalcanzable. En una escultura cercana, otra casa, esta vez de bronce, se aloja provisionalmente entre una maraña de ramas de rosales arrancadas.

Selma Holo, quien se jubiló como directora del Fisher en enero, reconoce el desafío curatorial que representa un artista de la envergadura de Martínez Celaya.

“Podemos, después del hecho, mapear los significados de su trabajo, pero no podemos simplificarlos demasiado”, explica ella. “La exposición es la narrativa de algo que se fue dando a lo largo de los años”.

Cuando Holo, estudiosa del arte latinoamericano, así como del arte y la literatura española, conoció a Martínez Celaya hace cinco o seis años, se quedó atónita. “¿Dónde encuentras a alguien con una mente tan profunda, provocativa, imaginativa?”, recuerda. “Sabía que me retiraría y estaba pensando en mi última exposición. Quería hacer algo que encapsulara lo que quería que fuera mi legado”.

Trajo a Susan Anderson, exalumna suya y curadora independiente, para organizar la muestra. “Me tomó un tiempo madurar el concepto, pero se convirtió en el espectáculo más importante que he hecho en mi vida”.

Lo que Holo ha denominado su “último programa de imágenes” podría marcar su carrera de 40 años, pero no de la manera definitiva de un período o incluso un signo de exclamación. La exposición funciona más como una elipsis, una invitación abierta. “Enrique toca las partes de nosotros que el mundo en este momento está tratando de destruir, especialmente la parte contemplativa”, enfatiza ella. “Necesitamos a Enrique, su persona tanto como su arte. Cuando te acercas a su arte y dejas que entre en tu alma, te vas enriquecido. Necesitamos saber que podemos ser más grandes y mejores de lo que somos. Enrique nos da permiso y nos hace saber que podemos serlo”.

“Ahora es el momento de Enrique”, declara Holo. Y gracias en parte a la casualidad de los horarios ajustados por COVID, que convirtieron las ofertas de exposiciones secuenciales en simultáneas, ahora es sin duda el momento de Los Ángeles para experimentar su trabajo.

Los proyectos se han materializado en un momento en que Martínez Celaya dice sentirse más arraigado que nunca. Pero incluso la tierra firme es fértil, agrega, para hacer brotar el tipo de preguntas que surgen al echar una mirada retrospectiva a décadas de trabajo.

“Hay un efecto de doble golpe. El programa [de Fisher] es una especie de testimonio de lo que he hecho, con implicaciones de logro, pero también implicaciones de fracaso”, señala. “¿Qué quedó sin hacer? ¿Qué no está aquí?”.

En el espacio de Huntington y UTA, comienza a responder.

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